jueves, 26 de julio de 2012

Capítulo 1


   Estaba sentada en un sofá incómodo, me clavaba uno de los muelles y tenía entre las manos una taza del café más amargo que había probado en mi vida. ¿Esa mujer no sabía lo que era el azúcar? Mari Cabrah me había prestado algo de ropa, unos pantalones vaqueros desgastados y una camiseta de tirantes negra. El tejido del sofá me hacía cosquillas en los pies descalzos.

  Volvió de la cocina con otra taza para ella y se bebió la mitad de un trago, dejó la taza en la mesa y me miró a los ojos.

-¿Tienes alguna pregunta?

-¿Quién eres?- Dije atreviéndome a mirar sus ojos de nuevo. Dejando de juguetear con el sofá y mis dedos de los pies. Poniéndome seria de pronto.

-Pequeña cachorrito. Soy en lo que te vas a convertir. Soy una guerrera de La Madre. Una mujer Loba. Soy un Garou. Sí, no me mires con esa cara, tú viste lo que podías hacer con tu cuerpo y tu alma, no me mires como si estuviese loca, cuando tú misma ya conoces las respuestas dentro de tu corazón.

-Y ahora… ¿Qué?

-¿Por qué no empiezas por contarme tu pasado, dejarlo atrás y explorar tu nueva vida?

    Mi pasado… No, no le contaría a una extraña mi pasado. Me avergonzaba demasiado mi inutilidad, mi cobardía, mi sentimiento de culpa.
  
   Cómo contarle a esa joven de mirada salvaje que no soy como ella, que por mucho que lo intenté jamás tendré su coraje, su independencia y rebeldía. No, mi pasado no es un pasado lleno de cosas interesantes, anécdotas divertidas o momentos felices. Y no podría contarle nada, no quiero ver en su rostro la más mínima compasión. No quiero que me compadezcan.

-Puedes hacerlo, pequeña. No te voy a juzgar. Creeme, yo tampoco tuve una buena vida, y mírame ahora. 
Podrás pensar que no es la mejor casa del mundo, que mi ropa no es muy bonita, pero tengo lo único que puedo necesitar. Tengo a mis chicos y a la Madre.

   No entendí muy bien lo que quería decirme, pero el tono de su voz me hizo cambiar de opinión. Supe que no me compadecería, que no se horrorizaría por mi pasividad. Supe que ella se daría cuenta de que yo no estaba preparada, que solo esperaba el momento oportuno, así que empecé a hablar.

   “Hoy casi no recuerdo a mi madre. Solo su sonrisa y algunas pequeñas tonterías. Me acuerdo que cuando vine de Grecia a Estados Unidos tendría unos tres años. El viaje en avión me daba muchísimo miedo y pasé la mayor parte del viaje llorando. Me acuerdo de mis abuelas y tías. Bueno, no eran de mi familia, pero me querían tanto o más que a un familiar. Recuerdo que crecí entre ellas y ahora me doy cuenta de que cuando soñaba con ellas y en mis recuerdos había lobos correteando por allí, jugando conmigo y mordisqueando mis orejas, puede que no fuesen invención mía después de todo, que sí pasase en realidad.

   Es lo único que recuerdo de mi infancia en Europa.
   
    Estuvimos dos años aquí. Conocí a más mujeres de miradas sabías y salvajes. A mujeres que parecían estar más allá del tiempo, ser casi divinas. Algunos hombres fieros, salvajes e indómitos pasaban también por mi casa. Me daban miedo, pero cuando me miraban siempre me regalaban una sonrisa y me tranquilizaban con sus cálidos ojos.

   Un día, mi madre me dejó con una vecina. No recuerdo casi nada de aquello. Solo se que lloraba todo el día. Sabía que ella no iba a volver.

   Después no fue una mala época. El año siguiente estuve en el orfanato del que me has sacado a rastras he hice muchas amigas. Empecé a ser una chica normal, una niña de ciudad. Hasta que llegó él.

   Al principio era muy cariñoso. Cada vez que ibas a la consulta te regalaba una piruleta, te decía lo hermosa que ibas a ser de mayor y que eras la que mejor se portaba de todo el centro. Hacía sentir a cada una de nosotras, que éramos sus preferidas.

   Pero después de un tiempo… Bueno, él… Ya sabes…

   Está bien, no me mires así. Él empezó a interesarse por mi. Yo era bastante traviesa y por lo tanto me pasaba en terapia más tiempo que cualquiera. En realidad no es que necesitásemos ir al psicólogo, pero la directora casi nunca estaba, y cada vez que te castigaba alguna cuidadora, te mandaban una hora a terapia para que pensases en lo que habías hecho.

   Un día, un par de meses después de cumplir los siete años, me propuso jugar a un juego. Él me prometió que sería bueno para mi. Que yo tenía problemas por el abandono de mi madre y así los solucionaríamos. Me hizo desvestirme. Me quedé en braguitas. Aun las tengo, para recordarme que me vengaría de ese cerdo. Eran de ositos. “

    No podía seguir. Empecé a llorar, y Mari Cabrah se sentó en el sillón a mi lado, me pasó un brazo por encima y secó mis lágrimas. Me encogí ante su contacto, pero me dio fuerzas para seguir contándole mi vida. Sabía que ella comprendería. Sabía que no tenía de qué avergonzarme. Suspiré y cuando recuperé la voz, continué.

    “Cuando yo estuve desnuda, él bajó la bragueta de su pantalón y empezó a acariciarse. Me dijo que mirase, que no apartase la vista. Que tarde o temprano me terminarían gustando aquellas horas de terapia nuevas. Que yo era su preferida. Al principio solo me hacía mirar.

    Yo me quejé a una de las cuidadoras y me llevaron a hablar con la asistenta social. Pero no hizo nada. El doctor Williams era un respetado psiquiatra de Nueva York y jamás le darían esa mala fama a un hombre tan bueno, respetado y admirado, que había preferido trabajar en un hospicio de mala muerte dejando a todos sus acaudalados clientes de lado.

    Estaba atrapada. No tenía a quién quejarme. Así que procuré portarme bien para que no tuviesen excusa para castigarme y llevarme a terapia.

    Pero no podía evitar tener que ir de vez en cuando. Todas estábamos obligadas a ir al menos una vez cada dos semanas.

   El día de mi undécimo cumpleaños él me hizo un regalo. Me llamó a su despacho cuando acabaron las clases. Me regaló un conejito de peluche. Cuando le di las gracias y fui hacia la puerta me paró y me dijo “no tan rápido princesa” siempre me llamaba así. “Ahora, tú vas a tener que regalarme el tuyo” Empecé a llorar y quise gritar, pero me había tapado la boca con su grasienta y asquerosa mano. Cuando se aseguró de que no grataría más, desabrochó mi uniforme y me sentó sobre la mesa de su despacho.

    Jamás olvidaré el dolor. El olor a sudor acre, a sangre y a miedo. Lloré lágrimas que parecían de fuego y maldije a mi madre por haberme abandonado allí. Maldije a la asistenta social por no hacer nada y me maldije a mi misma por no tener el valor de coger la lámpara y romperle la cabeza.

   Cuando volví a mi habitación, estuve tres días sin levantarme de la cama, lloraba y no hablaba con nadie, no comía, y solo bebía el agua que corría por mis mejillas.

   Así pasaron tres años. Cuando fui lo suficientemente mayor para saltar la reja me escapaba de mis horas obligatorias de terapia. Pero después era peor, por que el castigo era más severo. Así que opte por sufrir en silencio, alejarme de la gente y no dejar que nadie me tocase. Era una adolescente de catorce años que no soportaba la idea de que nadie se acercase a ella.

   Odiaba a mis compañeras cuando suspiraban por algún chico que habían conocido en la calle. Cuando venían contando que un tal Jon, o un tío cualquiera llamado Mike las había besado. Solo tenía una amiga. Hanna. Ella tenía seis años menos que yo. Y era el ser más dulce de la tierra, con su sonrisa inocente y sus brillantes ojos azules.

   La quiero más que a nadie. Jamás dejaré que toquen a esa niña. No dejaré que nada malo vuelva a pasarle. Nunca.

   A los catorce me hice mujer.  Y mis visitas al psicólogo descendieron en picado. Creo que temía dejarme embarazada. Pero no descendieron lo suficiente. Cuando vi que no me bajaba la regla y supe el motivo caí en depresión. Jamás podría mirar a mi hijo a la cara sabiendo que era hijo suyo también. Dejé de comer, me quedé en los huesos y a los dos meses aborté de forma natural. Cuando Williams se enteró no volvió a tocarme.

   Hace ya casi dos años de ello. Y han sido los dos años más felices de mi vida. Hasta que me di cuenta de que algo no iba bien.

   Ayer entré al despacho de ese mal nacido y le vi sonreírme, con esa sonrisa blanda, pegajosa y de labios carnosos y rojos como dos gusanos podridos. Y con un gesto teatral se guardó unas braguitas en el bolsillo de la chaqueta. Rodeé su mesa e intenté llegar hasta su bolsillo. Se levantó y me abofeteó en la cara tirándome al suelo. Pero las braguitas se cayeron de su bolsillo. Las reconocí al instante. Yo había bordado el nombre que aparecía en ellas el año anterior por Navidad. Eran de Hanna.

   Y lo siguiente que recuerdo es el dolor placentero por todo mi cuerpo, la rabia en mi interior y la satisfacción, casi el éxtasis de arrancar su cabeza con mis garras. De morder sus entrañas y escupir su sangre por toda aquella maldita sala. Escuché crujir su cráneo cuando lo aplasté entre mis mandíbulas. Y destrocé ese escritorio en el que pasé el peor día de mi vida. Lo hice por mi, por Hanna y por todas esas niñas que tampoco pudieron alzar sus voces contra él. Por mi hijo no nacido y por todas las mujeres que sufren eso alguna vez en su vida.

   Cuando vinieron las cuidadoras yo estaba sentada en el sueño, en medio del caos de la habitación. Con la cara llena de sangre y la prenda de Hanna en las manos.

   Después llegaste tú. Y el resto de historia te la sabes.”

  Mari Cabrah me abrazó y dejó que llorase en su hombro.

-Todo va a cambiar, pequeña. Ya lo verás. 

Prólogo


   Mis manos están rojas, la boca me sabe a sangre, todo está teñido de carmesí y yo solo recuerdo el dolor que provoca el darte cuenta de la verdad, la Rabia acumulándose en algún lugar de mis entrañas, todos mis huesos recolocándose y alargándose, mis dientes afilándose, mis manos convertidas en garras, esas garras que ahora son las manos de una niñata de dieciséis años de un barrio bajo de Nueva York.
Hay demasiada luz, gritos a mi alrededor, las cuidadoras gritan desesperadas, la asistente social me ha traido una manta. Pero yo ya no siento frío, solo siento una rabia que ha nacido en mi, que no me explico, y que hace que todo sea diferente a mis ojos. Veo cosas que jamás pensé que estuviesen ahí, ahora se la verdad. Hay algo más, y yo tengo la oportunidad de descubrirlo y sentirlo en mi interior.

   He vivido ciega. Pero por fin se ha caído la venda de mis ojos.

   Aparece una mujer. Es diferente, huele diferente. No huele a miedo por la masacre, su cara no refleja repugnancia, sus ojos tienen un brillo divertido y retador. Sonríe imperceptiblemente al mirar al cadáver que tengo a mis pies y después me mira y su mirada es completamente diferente de todo lo que yo he visto hasta entonces. Me recuerda a esas ancianas que me cuidaban de pequeña, a la sabiduría de su interior, al instinto salvaje que salía por cada poro de su piel.

-Vamos pequeña, tenemos que salir de aquí.

   Coge mi mano y me saca de la habitación. El resto de personas allí congregadas no se atreven a pronunciar palabra. Un joven, ayudante del conserje llama a la policía. Van a detenerme. Soy una asesina y van a llevarme a la cárcel.

-No te preocupes por el cadáver, después de todo, una niña de dieciséis años, no demasiado corpulenta, no ha podido causar esos destrozos en un cuerpo humano por si misma. – Dicho esto, la joven desconocida empieza a reír. Una carcajada pura y limpia. Sincera.

-Pero, yo… Yo le he matado. – Digo con un hilo de voz casi imperceptible.

-Y ¿Quién sabe eso, a parte de ti? Seguro que ese cerdo se lo merecía.

   Suenan sirenas, viene la policía. Todo es muy confuso. Los agentes preguntándome, viene un médico a examinarme. Me toca. Inspecciona cada parte de mi cuerpo. Pero no es a mi a quien deben mirar, hoy no. Es a la pequeña Hanna. Solo espero que ella esté bien.

   Ya no estoy en el orfanato. La joven desconocida me ha sacado de allí. ¿Qué hace? No se ni su nombre, no quiero ir con ella. Pero me hace sentir segura. Es como si supiese todo de mi.

-Ni si quiera me has dicho tu nombre.- Le digo de pronto, en un intento de sonar fría, fuerte y dura.

-Mi nombre no es importante. Aprenderás cosas mucho más importantes a partir de ahora.

-Puede ser, pero de alguna forma tendré que llamarte para preguntarte.

-La cachorrito nos ha salido curiosa. Está bien, que tu curiosidad sea satisfecha, me llamo Mari Cabrah 



(Si quieres saber más, lee el capítulo 1!!)

sábado, 12 de mayo de 2012

El principio


Conocía cual era su función. Jamás se planteó cambiar, o cuestionar nada. Todo era perfecto tal y como era. Todo era limpio, puro y racional. Amaba a todas las pequeñas cosas del mundo como sus predecesores le habían enseñado a amar, con el alma, entregado al máximo.

Ese día, sus ojos estaban clavados en la lejanía. Veía aquel territorio yermo y su corazón se enardeció mientras a su alrededor escuchaba los ruidos de la batalla. Los caballos relinchaban y se encabritaban deseosos de empezar a correr hacia el corazón enemigo. Ah, el enemigo... Para él esa batalla significaba más que para sus camaradas, para él era la destrucción de lo impuro, de la perfidia hecha ser vivo.

Su ejército, armado con lanzas, espadas y arcos le seguía con fe ciega, y él, acostumbrado a sentirse poderoso, sabía cómo hacer que un hombre muriese por su causa sin tan siquiera esforzarse. Solo estaba esperando el momento justo, esperaba a que la impaciencia los hiciese más temerarios, a que les llevase al frenesí y corriesen hacia su adversario sin pensar en el mañana.

Cuan diferente era aquello de su lugar de origen. Allí no habia guerras, nadie reclamaba el poder, pues todos lo tenían. Era una élite, eran los elegidos para gobernar aquel mundo tan frágil y moldeable. Pero ahora estaba entre aquellos hombres y tenía que actuar en consecuencia. Sacudió la cabeza para alejar la añoranza de su mente y su rubio cabello, bañado en sudor osciló brillando con el sol. La armadura era pesada y estaba ya caliente. El Sol brillaba por encima de sus cabezas. Era la hora.

Un grito rasgó el aire, un cuerno resonó a unos pocos pasos de distancia y junto a él, el estandarte se alzó hacia el cielo. Todo quedó en silencio durante unos momentos. Se escuchaban los latidos del corazón de millares de personas palpitando a la vez y cuando el cuerno enemigo tronó en la lejanía, corrieron hacia lo que para muchos sería la muerte.

En el fragor de la batalla no alcanzaba a distinguir nada excepto cuerpos metálicos que le golpeaban, caballos relinchando y espadas centelleando. El olor a sangre, el acre del sudor, enturbiaron sus sentidos y su visión se tornó roja, sus movimientos automáticos y su razón voló fuera de aquel lugar. Veía todo como si de un halcón, que sobrevuela la guerra, se tratase.

Sus hombres morían, gritaban, agonizaban, pero él sabía que su causa era justa. Que tras la muerte de aquellos inocentes se escondía la salvación de toda la raza humana, y por tanto mataba, sin distinguir rostros ni vidas, tan solo clavaba su espada en corazones insignificantes que se paraban con su roce. Y entonces los vio. Aquellos ojos.

Aquello era lo que había esperado. Reconocería esos ojos donde quiera que fuese. No a su portador, no su color, no su forma, si no su brillo. Eran atrayentes, sensuales, provocadores y burlones. Aquellos ojos eran la más dulce de las promesas y el mayor de los tormentos. Allí estaba su enemigo, la razón de toda aquella guerra, de toda aquella sangre. No luchó con él, pues sabía que sería imposible matarle en medio de aquella batalla, con tantas personas a su alrededor. Pero le miró y su odio se inflamó tanto que surgieron nuevas fuerzas en sus músculos.

Jamás olvidaría ya aquellos ojos que vio en la batalla. Nunca había visto a su enemigo en persona, pero aquel brillo le demostró que todo lo que había oído sobre él era cierto, y esto lo hacía mucho más aterrador.